1 de mayo: lo que no cuenta como trabajo

A orillas del río Cinca, casi todo el trabajo pasa desapercibido. No tiene horarios, ni contratos, ni salario. No aparece en estadísticas ni se mide en términos de rendimiento. Y, sin embargo, es lo que hace posible que el río siga siendo río.

Pero no estamos hablando solo del trabajo humano que cuida este espacio. Bajo la superficie, microorganismos transforman la materia. Las raíces filtran el agua, sujetan la tierra, alimentan el suelo. La vegetación crece, muere y se regenera. Son procesos continuos, silenciosos, imprescindibles. Pero no los llamamos trabajo. Reservamos esa palabra para aquello que produce: lo que genera beneficios, crecimiento, resultados visibles. Como si solo mereciera existir aquello que puede convertirse en valor económico.

La naturaleza no funciona así. En un ecosistema lo que hay es una red de relaciones que sostiene la vida. Incluida la vida humana.

Nosotros, en cambio, hemos organizado nuestras sociedades a espaldas de nuestras necesidades reales como seres humanos (y por descontado a espaldas de las necesidades de nuestro entorno para seguir funcionando como funciona). Hemos separado el trabajo de la experiencia directa de sostener la vida, del territorio, de los ciclos naturales. Para muchas personas, trabajar ya no tiene nada que ver con alimentar, cuidar o mantener un entorno habitable, sino con tareas abstractas, fragmentadas, desconectadas de la tierra… y de sus límites. El resultado es una forma de organizar la vida que pone la producción en el centro y relega todo lo demás.

No es un error. La misma lógica que reduce un río a un recurso —algo que se canaliza, se explota o se pone al servicio de la economía— es la que organiza el trabajo humano: jerarquía, control, eficiencia, crecimiento constante. Una lógica que necesita invisibilizar aquello que no puede acelerar, medir o dominar. Por eso no es casualidad que los trabajos que realmente sostienen la vida —cuidar, limpiar, alimentar, acompañar— queden en los márgenes o se valoren poco. Reconocerlos como centrales no encajaría en este modelo: lo cuestionaría desde la base.

Y las consecuencias están a la vista. Ríos degradados, territorios agotados, vidas cada vez más desconectadas de aquello que las sostiene.

Pero ni el río ni la vida funcionan así.

Quizá el problema no es que falte trabajo, sino que hemos aceptado una definición que deja fuera casi todo lo importante… y que, al mismo tiempo, está deteriorando las condiciones que hacen posible la vida.

Tal vez por eso, en un día como hoy, mirar al río no es un gesto simbólico. Es una forma de señalar el conflicto. De preguntarnos qué estamos llamando trabajo… y qué tipo de mundo estamos sosteniendo con ello. 





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