Hoy es el Día Internacional del Medio
Ambiente.
Cada año solemos escuchar los mismos
mensajes: hay que cuidar la naturaleza, proteger el planeta, salvar el medio
ambiente. Son frases que, aunque bienintencionadas, siempre nos han producido
una cierta incomodidad. Quizá sea porque sugieren una relación con el
medioambiente que no existe. Como si la naturaleza fuera una frágil anciana a
la que nosotros, los seres humanos, debiéramos ayudar a cruzar la calle. Sin
embargo, basta una riada, una sequía prolongada o una ola de calor para que
recordemos quién depende realmente de quién.
Como bióloga, el término "medio
ambiente" me evoca una imagen distinta. Me recuerda al medio de cultivo en
el que crecen las bacterias en una placa de Petri. Un conjunto de condiciones
físicas y químicas muy concretas: temperatura, humedad, nutrientes, acidez.
Mientras esos parámetros se mantienen dentro de ciertos límites, las bacterias
prosperan, pero cuando dejan de hacerlo, la colonia colapsa.
Realmente no somos tan diferentes a esas
bacterias de lo pensamos. Igual que ellas, también necesitamos vivir dentro de
un conjunto de condiciones extraordinariamente específico: una determinada
temperatura, un régimen de lluvias relativamente estable, un suelo fértil, unos
ecosistemas que polinizan nuestros cultivos, regulan las plagas que los afectan
y que en consecuencia sostienen cadenas alimentarias enteras. Dependemos de
miles de factores que frecuentemente obviamos, precisamente porque siempre han
estado ahí, pero de igual manera que cualquier organismo vivo, a su vez
modificamos estos mismos factores.
Las propias bacterias lo hacen. Consumen
recursos, transforman su entorno y alteran las condiciones de la placa en la
que crecen. Si esos cambios superan la capacidad del sistema para absorberlos,
la colonia acaba enfrentándose a sus propios límites. Sabemos que ninguna
bacteria puede anticipar el agotamiento de los recursos de su placa de cultivo
¿Pero y nosotros? Mostramos de manera desconcertante la confianza de una
especie que parece conocer sus límites ecológicos y que aun así actúa como si
estuviera por encima de ellos.
A decir verdad, pienso que muchos somos
perfectamente conscientes de que no es así, que no estamos por encima, de
nuestra extrema dependencia del medio. Lo que parece faltarnos no es tanto el
conocer las causas y las consecuencias como la certeza de la capacidad de actuar.
Creemos que los procesos que están deteriorando nuestras condiciones de vida son
algo que nos queda demasiado grande, demasiado complejo o demasiado lejano como
para intentar hacer algo al respecto. Por lo que no se nos ocurre mucho más que
aferrarnos a los conocidos gestos cotidianos. Reciclar, ahorrar agua o consumir
de forma más responsable.
Tiene sentido, al final muchas veces
parece que no hay mucho más que podamos hacer individualmente. Pero ninguna
suma de pequeños gestos aislados compensará los enormes perjuicios que los
actuales modelos de producción y consumo tienen sobre el medio y nuestros
entornos y ecosistemas, diseñados como si los límites físicos del planeta
fueran una molestia que pudieran sacudirse.
Es más, parece que los principales
beneficiarios de estos mismos modelos recurran la mayoría de las veces a apelar
a la supuesta aplastante responsabilidad individual que tendríamos la masa de
ciudadanos corrientes, como si nuestros “caprichos cotidianos” tuvieran poder
suficiente como para provocar una crisis planetaria. Pero al mismo tiempo niegan
rotundamente la posibilidad de organizarnos para conseguir cambios sistemáticos
que acaben de una vez con los problemas medioambientales que esos modelos han
provocado. No nos engañemos, lo que hay tras estos discursos es la intención de
cargar las consecuencias del deterioro medioambiental sobre nuestras espaldas.
Quizá deberíamos volver a recordar que una ciudadanía unida tiene mucho más poder que un montón de consumidores disciplinados aislados. Los grandes cambios de la historia rara vez llegaron porque la gente eligiera mejor entre varias opciones de compra. Llegaron cuando una mayoría decidió que ciertas reglas ya no eran aceptables. Porque el planeta no se va a adaptar a nuestras reglas. Somos nosotros quienes dependemos de las suyas.
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